Las empresas familiares representan el 80% del entramado productivo argentino, generan cerca del 70% del empleo privado y aportan alrededor del 60% del PBI, pero su continuidad dista de ser la norma: solo una de cada tres logra pasar a la segunda generación y menos del 20% cuenta con un plan formal de sucesión.
En la Argentina, este tipo de organizaciones cumplen un rol central en la generación de empleo y en el desarrollo económico del país. Según datos del
Instituto Argentino de la Empresa Familiar (IADEF), las Pymes familiares representan alrededor del 80% del entramado productivo, generan cerca del 70% del empleo privado y aportan aproximadamente el 60% del PBI nacional.
El desafío de la continuidad generacional
Los datos muestran que la continuidad no es la regla, sino la excepción. Según el estudio
Insight 21, de la
Universidad Siglo 21, en 2025 sólo una de cada tres empresas familiares lograba pasar a la segunda generación, mientras que apenas entre el 10% y el 15% alcanzaba la tercera. A esto se suma que menos del 20% de las compañías cuenta con un plan formal de sucesión, lo que deja muchos procesos de transición sujetos a la experiencia cotidiana y a la dinámica propia de cada familia empresaria.
En ese marco, sostener un proyecto en el tiempo implica mucho más que crecimiento económico: supone atravesar ciclos del país, adaptarse a contextos cambiantes y tomar decisiones en escenarios donde la estabilidad no siempre está garantizada. En ese contexto, la profesionalización de la gestión deja de ser una opción para convertirse en una condición de continuidad.
Empresas familiares que sostienen su legado
Dayton, empresa familiar argentina con 66 años de trayectoria en importación y distribución de electrónica, iluminación, electricidad, seguridad y herramientas, y
Trabi, firma referente en la industria de la escritura y útiles escolares que se remonta a 1935, forman parte de ese grupo reducido de empresas familiares que logró sostenerse a lo largo del tiempo.
Con cuatro y tres generaciones respectivamente, su continuidad no fue un proceso automático ni lineal, sino una construcción. “
Lo que se transmite de generación en generación no es solo un negocio, sino una forma de trabajo que se aprende en la práctica, en contextos donde nada está garantizado. La continuidad no es automática ni cómoda: implica sostener decisiones incluso cuando el contexto no acompaña”, señaló
Dafne Rosenbaum, vicepresidente de
Dayton.
Además, agregó
Rosenbaum: “
Las generaciones anteriores nos enseñaron a sostenernos en la incertidumbre, pero sobre todo a tomar decisiones sin la certeza de un contexto estable. En la Argentina eso es estructural: inflación, cambios de reglas y ciclos económicos te obligan a ajustar permanentemente sin perder continuidad. Con el tiempo, eso también implicó evolucionar en la forma de gestionar: pasar de decisiones más intuitivas a decisiones apoyadas en información, indicadores y planificación”.
En ese recorrido, la profesionalización no fue un proceso espontáneo, sino una decisión: implicó ordenar la empresa, definir procesos y roles más allá de la lógica familiar, e incorporar herramientas de gestión que acompañen el crecimiento.
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La tercera generación nos obliga a algo muy concreto: dejar de mirar solo la historia y empezar a decidir cómo se sostiene en el presente. Eso implica revisar procesos, formas de producción y también el vínculo con un mercado que hoy exige innovación y responsabilidad ambiental al mismo tiempo”, destacó
Thomas Frosch de
Trabi.
En el caso de
Trabi, ese aprendizaje se traduce hoy en una estrategia orientada a la innovación y la sustentabilidad, con el desarrollo de productos más amigables con el ambiente y un trabajo articulado con organizaciones sociales. La compañía incorpora procesos de mejora continua en su producción, incluyendo tintas vegetales, reutilización de materiales y líneas de productos bajo criterios de economía circular.
El legado como base de continuidad
En las empresas familiares, la transición generacional suele ser uno de los momentos más sensibles, no por conflicto, sino por la necesidad de reinterpretar experiencias previas y adaptarlas a nuevas realidades económicas y productivas. En ese proceso, el legado funciona como base de continuidad.
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El mayor aprendizaje fue entender que cada generación enfrenta desafíos distintos, pero el valor del esfuerzo y la constancia se mantiene”, señaló
Rosenbaum. “
Eso es lo que permite que un proyecto no se interrumpa, sino que evolucione. También implica que la familia funcione de manera alineada dentro de la empresa: las diferencias existen, pero no pueden trasladarse al equipo. La coherencia en la toma de decisiones es clave para sostener la confianza y el orden organizacional”.
En ese proceso, muchas empresas también avanzan en la construcción de equipos que trascienden a la familia, incorporando talento externo con autonomía y responsabilidad en la gestión.
El Día Internacional de la Familia ayuda a visibilizar un fenómeno que atraviesa a la economía argentina y que no siempre es evidente en su magnitud: la continuidad de las empresas familiares no es la norma, sino el principal punto de quiebre de su desarrollo, pero también una oportunidad de transformación y permanencia en el tiempo, con la historia de cada empresa como sustento y guía de ese proceso.