La economía argentina atraviesa un cambio estructural profundo: energía, minería y agro ganan peso mientras la industria y la construcción retroceden. Para PwC, el desafío no es cuántos puestos generará el nuevo modelo productivo, sino si el sistema educativo, institucional y territorial está a la altura de la transformación.
La recuperación de la economía argentina esconde un fenómeno que va más allá del ciclo: el país está cambiando su estructura productiva, y ese cambio ya tiene nombre y apellido en los datos. El
Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) muestra con claridad que la minería, la energía —impulsada por el desarrollo de petróleo y gas no convencional—, el agro y los servicios financieros se consolidan como los nuevos motores de la actividad. Del otro lado, industria, construcción y comercio, los sectores históricamente asociados a la demanda interna, acusan un rezago que no es coyuntural.
Esa transformación también tiene una geografía. Los datos de desocupación por aglomerado del cuarto trimestre muestran que las ciudades vinculadas a la energía y la minería registran tasas de desempleo significativamente menores a la media nacional, con una tendencia que va en sentido inverso al promedio. En contraste, el AMBA y su cordón industrial muestran un deterioro relativo. El mapa del empleo, concluye
José María Segura, economista jefe de
PwC Argentina, se está redibujando a lo largo de la cordillera, lejos de los centros urbanos tradicionales.
Una transición que no es neutral
El cambio de modelo no ocurre sin costos. La transición entre sectores enfrenta dos tipos de restricciones: técnicas, porque implica recalificación profesional, y geográficas, porque supone que familias enteras consideren relocalizarse. Hay indicios concretos de que esa tensión ya opera: en determinadas regiones del país y en sectores específicos, las empresas tienen dificultades para cubrir posiciones calificadas y evalúan recurrir a trabajadores del exterior para sostener sus proyectos.
Un argumento habitual en el debate público señala que los sectores que hoy traccionan la actividad —intensivos en capital y con alta automatización— no serían capaces de generar la demanda laboral suficiente para absorber a los trabajadores desplazados de otros sectores. Segura reconoce que puede haber algo de cierto en esa afirmación, pero advierte que ese análisis está incompleto si no considera también el lado de la oferta.
El factor demográfico que el debate ignora
El argumento de que los nuevos sectores no generarán empleo suficiente parte de un supuesto implícito: que la oferta laboral seguirá creciendo al ritmo del pasado. Sin embargo, los datos demográficos apuntan en otra dirección. La tasa de natalidad en Argentina viene registrando un descenso sostenido y marcado. Los hogares sin hijos menores ya son mayoría, la edad promedio del primer hijo se desplazó hacia arriba y el promedio de hijos por mujer se ubica por debajo del nivel de reemplazo poblacional.
Argentina sigue, con rezago, la trayectoria que ya exhiben las principales economías de Europa Occidental, donde el envejecimiento de la fuerza laboral es un condicionante de política económica. Si esa tendencia se sostiene —y nada en los datos actuales sugiere una reversión—, la Población Económicamente Activa (PEA) crecerá cada vez más lento. En ese escenario, la presión sobre el mercado de trabajo se atenúa por un canal que el debate público aún no incorpora.
Neuquén es el caso más elocuente de cómo el mercado puede ajustar con el tiempo: entre diciembre de 2011 y diciembre de 2025, la provincia explicó el 58% del crecimiento neto del empleo privado registrado a nivel nacional. Pero el factor clave, advierte Segura, es el tiempo, y la paciencia —o impaciencia— que la sociedad tenga para transitar el proceso.
Empleabilidad, la palabra clave
Según
PwC, la Argentina que viene parecería tener menos un problema de empleo que un problema de empleabilidad.
El desafío no pasa por la cantidad de puestos que el nuevo modelo productivo sea capaz de crear, sino por la capacidad del sistema —educativo, institucional y territorial— de formar el capital humano y favorecer los flujos migratorios que esa transformación demanda.
Los costos del corto plazo son reales y visibles. Pero para mitigarlos, sostiene
Segura, los términos del debate necesitan actualizarse. Discutir solo cuántos empleos generan la minería o el petróleo es hacerse la pregunta equivocada. La pregunta correcta es si el país tiene las herramientas para acompañar una transformación estructural que, según los datos, ya está en marcha.