Cada 30 de enero se celebra el Día Internacional del Croissant, una fecha que invita a repasar la historia y las claves de este clásico europeo que ganó presencia en panaderías y cafeterías argentinas. De acuerdo con análisis de Puratos, su crecimiento convive en el mercado local con una tradición profundamente arraigada: la medialuna, un ícono del consumo cotidiano argentino.
Cada 30 de enero, el mundo de la panadería celebra el
Día Internacional del Croissant, un clásico europeo que hace tiempo aterrizó en Argentina y se volvió sinónimo de desayunos y meriendas con un toque sofisticado. En nuestro país, la efeméride no pasa desapercibida y siempre despierta una pregunta inevitable: ¿qué diferencia al croissant de la medialuna?
El origen del croissant
Aunque el imaginario colectivo lo asocia de manera directa con Francia, el origen del croissant está lejos de París. Su historia comienza en Viena, en el siglo XVII, en un contexto de guerra. Según recoge la enciclopedia Larousse Gastronomique, fue en 1683 cuando los panaderos vieneses crearon una pieza con forma de media luna —kipferl— para celebrar la derrota del Imperio Otomano durante el sitio a la ciudad. La forma no fue casual ya que era el emblema que figuraba en la bandera enemiga.
Su llegada a Francia se explica, en parte, por la figura de María Antonieta. La reina austríaca habría llevado consigo la nostalgia por los sabores de su tierra cuando llegó a Versalles en 1770. Sin embargo, el verdadero salto a la popularidad se dio décadas después, en 1838, cuando el pastelero August Zang abrió en París la Boulangerie Viennoise. A partir de ese momento, el croissant empezó a conquistar desayunos y meriendas, al punto de convertirse en un emblema de la gastronomía francesa.
Con el tiempo, la receta evolucionó. En 1905 apareció la primera fórmula escrita del croissant hojaldrado y, hacia 1920, los pâtissiers franceses reemplazaron la masa original por una de hojaldre laminada con manteca. El resultado fue una pieza dorada, aireada y crujiente, muy distinta de aquel pan simple que había nacido siglos antes.
Las claves de un buen croissant
Lograr un buen croissant es, ante todo, un ejercicio de precisión. Desde Puratos, la foodtech belga especializada en soluciones para la industria panadera, explican que el secreto está en la masa laminada: harina, levadura, azúcar, sal, agua y, sobre todo, una manteca de calidad, trabajada en capas finísimas que se intercalan con la masa mediante pliegues sucesivos. Ese proceso es el que define la textura hojaldrada y el característico alveolado interior.
Esa base clásica también habilita la creatividad. Chocolate, almendras, pistacho, versiones veganas o híbridas como el cronut (una mezcla entre el croissant y las donas): el croissant se transformó en una plataforma para la innovación.
De acuerdo con el estudio
Taste Tomorrow, elaborado por
Puratos, los consumidores valoran cada vez más los sabores innovadores y los productos que aportan un diferencial. Sin embargo, el sabor y el placer no se resignan: en América del Sur, el 71% de las personas afirma no estar dispuesta a renunciar a los productos dulces, incluso en contextos económicos más desafiantes.
La tradición europea y el sello argentino, juntos en una misma mesa.
En la Argentina, sin embargo, el croissant no está solo. Al desembarcar en las panaderías y cafeterías porteñas, se encontró con una figura ya consagrada: la medialuna. Más pequeña, más brillante y generalmente bañada en almíbar, la medialuna es un símbolo del país, con versiones de manteca —dulces y suaves— y de grasa, más saladas y crocantes.
Las diferencias son claras y van más allá de la apariencia. El croissant suele ser más grande, menos dulce y con una miga más aireada, producto de un hojaldrado más marcado. La medialuna, en cambio, tiene una miga más compacta, un dulzor pronunciado y una textura muy característica. No es casual que, para muchos paladares locales, resulte más amigable para acompañar el café con leche o el mate.
Panaderos y chefs coinciden en que para los argentinos la medialuna tiene un componente emocional difícil de igualar. No es solo un producto de panadería, es parte de un ritual. Desde el desayuno rápido en un café hasta la docena compartida en la oficina, forma parte de la vida cotidiana. Según Taste Tomorrow, el 82% de los consumidores argentinos declara preferir los sabores tradicionales, un dato clave para entender por qué, pese al avance del croissant y sus múltiples versiones, la medialuna sigue siendo imbatible.
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La tradición también dialoga con la innovación. Lo cierto es que ambos productos pueden convivir y potenciarse, siempre que se respeten sus identidades", comenta
Sofía Mallaviabarrena, Regional Marketing Manager de
Puratos.
El
Día Internacional del Croissant se celebra también en clave local. Es una excusa para rendir homenaje a una elaboración que atraviesa fronteras, pero también para reafirmar a la medialuna, una costumbre bien argentina.