En un contexto de audiencias fragmentadas y consumo hipersegmentado, las marcas enfrentan el desafío de ir más allá del storytelling y transformar sus relatos en experiencias reales. El storydoing emerge así como una estrategia clave para generar conexión emocional, participación y huella de marca a largo plazo.
Por Lucrecia Viano y Laia Farré, directoras de SUR Comunicación
En los últimos años, el
storytelling se consolidó como una de las herramientas más potentes para construir marcas. Narrar historias que inspiren, emocionen y generen identificación fue, durante mucho tiempo, la clave para diferenciarse.
Sin embargo, hoy, las marcas que dejan huella son las que dan un paso más: las que convierten sus historias en experiencias reales.
El
storydoing propone justamente eso: pasar de decir a hacer.
La nueva tendencia transforma las historias en experiencias. Se trata de comunicar con propósitos y de materializarlo en acciones, activaciones y vivencias que inviten a las personas a participar. Desde intervenciones urbanas hasta plataformas colaborativas, el valor está en que el consumidor deje de ser un espectador pasivo para convertirse en el protagonista.
En este escenario lo que realmente marca la diferencia es la conexión. Aquello que resuena, que emociona y que merece ser recordado. Las experiencias que logran ese impacto no solo quedan en la memoria, sino que “hacen ruido” más allá de su propio momento. Si antes el boca en boca era literal, hoy se multiplica en las redes sociales, atravesando fronteras y llegando a audiencias globales en cuestión de horas.
Los límites ya no son geográficos, sino temáticos: las comunidades se agrupan por intereses y valores compartidos, y no necesariamente por proximidad física.
El cambio en los hábitos de consumo de información refuerza esta transformación. En el pasado, una casa podía tener una única televisión o radio, y la familia entera se informaba a través de esos medios, con el poder de decisión concentrado en una o dos personas. Hoy, en un mismo hogar pueden coexistir varios dispositivos por persona —celulares, tablets, notebooks—, lo que vuelve la información más democratizada, pero también más fragmentada y segmentada. Esto obliga a las marcas a decidir con precisión dónde y cómo estar, adaptando sus mensajes y experiencias a microaudiencias con intereses específicos.
En este nuevo mapa, el impacto del storydoing no reside únicamente en la originalidad de la acción, sino en su capacidad de generar una huella emocional y expandirla a través de las redes y los entornos digitales. Una experiencia vivida tiene un poder de recordación y conexión mucho más alto que cualquier mensaje aislado. Y esa huella es la que construye reputación, fidelidad y sentido de marca a largo plazo.
Por eso, además de contar una buena historia,
el desafío hoy es crear momentos que valga la pena vivir y compartir. Y, sobre todo entender que, cada interacción es una oportunidad para dejar marca en la memoria y en la conversación colectiva. Porque lo que se vive se recuerda, y lo que se recuerda, se comparte.