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29.12.2025  por TOTALMEDIOS

La economía Human+: cuando el modelo operativo se redibuja en torno a la IA

En esta columna, Gaetano Salierno, director de estrategia de Accenture Argentina, analiza cómo la IA y la robótica están reconfigurando los modelos operativos y el trabajo del futuro. A partir del concepto de economía Human+, el autor plantea un enfoque basado en la cooperación entre humanos y máquinas, articulado en cuatro dimensiones clave: individuo, economía, organización y sociedad.

Por Gaetano Salierno, director de estrategia de Accenture Argentina

El trabajo del futuro se está redibujando frente a nuestros ojos. La inteligencia artificial y la robótica ya no aparecen como fuerzas externas a la organización, sino como piezas integradas en la misma mesa de trabajo que los empleados. La narrativa del reemplazo cede lugar a otra más compleja: la cooperación ética entre humanos y máquinas, en la que cada parte asume un rol distinto para multiplicar la creación de valor. La clave no es que la IA copie lo que hace una persona, sino que se encargue de lo repetitivo y rutinario, liberando al trabajador para concentrarse en lo que realmente lo motiva y genera impacto.
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Este cambio se sostiene en cuatro palancas claras. La primera es el individuo. La incorporación de agentes digitales y robots físicos redefine cómo se experimenta el día a día laboral. Ya no se trata de medir solamente eficiencia, sino de reforzar propósito, disfrute y colaboración. En seguros de salud, por ejemplo, la automatización permitió procesar 30.000 documentos diarios frente a los 10.000 de antes, reduciendo el tiempo por caso en un 90%. Apenas un 2,7% de los expedientes requirió revisión humana. Ese salto de productividad no desplazó a los empleados, sino que los reubicó en las tareas más complejas, de mayor valor agregado y motivadora.

La segunda palanca es económica. La automatización no solo reduce costos, también reconfigura cómo se mide y captura el valor. En biopharma, un análisis de 300 tareas y 90 roles reveló que más del 55% de las horas de trabajo están en condiciones de ser complementadas por agentes digitales y robots. El impacto estimado es de entre 180.000 y 240.000 millones de dólares anuales en Estados Unidos, combinando reducciones del 20 al 25% en investigación y desarrollo y del 8 al 10% en costos de producción, junto con ingresos adicionales por acelerar la salida al mercado de tratamientos. Lo que se observa es un corrimiento en la curva de valor: la automatización no solo hace más con menos, sino que genera nuevas oportunidades de ingreso al habilitar tiempos de innovación más rápidos y resultados más confiables. Dicho de otro modo, se pasa de un modelo de eficiencia transaccional a un modelo de crecimiento sostenido.

La tercera palanca corresponde a las organizaciones. Aquí se juegan las decisiones estructurales: cómo rediseñar equipos, qué mix de talento humano y digital se adopta, cómo se transforman los procesos de punta a punta. En este terreno, los Centros de Capacidades Globales (GCCs por sus siglas en inglés) se convierten en protagonistas. Nacidos como centros de eficiencia y escala, hoy funcionan como plataformas de reinvención. Integran agentes digitales capaces de orquestar tareas y robots que ejecutan operaciones físicas, permitiendo que los equipos humanos concentren su energía en la resolución de problemas estratégicos. Esto no es menor: un GCC que solo persiga ahorro de costos corre el riesgo de quedarse atrás. El verdadero diferencial radica en usarlos como espacios de aprendizaje continuo y de adopción acelerada de nuevas prácticas. En la medida en que las organizaciones reconfiguran sus estructuras con esta lógica, no solo aumentan su competitividad, también refuerzan la motivación de sus empleados al ofrecerles desafíos más estimulantes.

La cuarta palanca abarca a la sociedad en su conjunto. La automatización no puede desplegarse en el vacío; necesita marcos de educación, regulación y mercados laborales capaces de acompañar el cambio. Sin este apoyo, existe el riesgo de profundizar desigualdades o alimentar la desconfianza. Por eso la ética y la gobernanza ocupan un lugar central. La noción de responsible AI ya no es un accesorio: exige transparencia en los algoritmos, supervisión humana en los puntos críticos y mecanismos de rendición de cuentas que reduzcan sesgos. La confianza es el activo más valioso en este escenario. No es casual que más de tres cuartas partes de los ejecutivos encuestados a nivel global consideren que los beneficios de la inteligencia artificial solo se materializarán si se construyen sobre una base sólida de confianza.

El hilo conductor entre estas palancas es la creación de valor compartido. Para los individuos, significa encontrar motivación en tareas que realmente los desafíen. Para la economía, implica capturar eficiencia y crecimiento al mismo tiempo. Para las organizaciones, se traduce en estructuras más ágiles y resilientes. Y para la sociedad, en un modelo de desarrollo inclusivo que no margine a quienes no dominan la tecnología.

El riesgo más grande no está en la tecnología, sino en la narrativa con la que se la introduce. Si se la presenta como sustituto, genera miedo y resistencia. Si se la entiende como aliada, abre la posibilidad de un trabajo más humano, más creativo y productivo. La IA y los robots no tienen que ser percibidos como competidores, sino como socios que amplían las capacidades humanas. El desafío para líderes y organizaciones es comunicar con claridad el propósito de cada cambio, mantener la conexión humana y garantizar que el rediseño del trabajo mejore tanto los resultados como la experiencia de quienes lo realizan.

Lo que emerge es un equilibrio nuevo: la automatización se concentra en lo repetitivo y voluminoso; los empleados, en cambio, se enfocan en lo que los motiva y los conecta con el propósito de la organización agregando mayor valor. Ese equilibrio redefine no solo la rentabilidad, sino también qué significa trabajar y vivir en la era digital. La oportunidad es gigantesca, pero su sostenibilidad dependerá de una gobernanza sólida y de la capacidad de inspirar confianza. Allí está la verdadera frontera: no en cuánto se automatiza, sino en cuánto valor humano se libera gracias a esa automatización.

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